Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 18 de mayo de 2018

RESEÑA: Damas oscuras.

DAMAS OSCURAS

Título: Damas oscuras. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes.

Autoras: Charlotte Brontë (1816-1855), Elizabeth Gaskell (1810-1865), Dinah Mulock,Mrs Craik (1826-1887), Catherine Crowe (1803-1876), Mary Elizabeth Branddon (1835-1915), Rosa Mulholland (1841-1921), Amelia B. Edwards (1831-1892), Rhoda Broughton (1840-1920), Mrs Henry Wood (1814-1887), Vernon Lee (1856-1935), Charlotte Riddell (1832-1906), Margaret Oliphant (1828-1897), Lanoe Falconer (1848-1908), Louisa Baldwin (1856-1922), Violet Hunt (1862-1942), Mary Cholmondeley (1859-1925), Ella D´Arcy (1856-1939), Gertrude Athernon (1857-1948), Willa Cather (1873-1947) y Mary E. Wilkins Freeman (1852-1930).

Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductoras: Alicia Frieyro, Olalla García, Sara Lekanda, Magdalena Palmer y Consuelo Rubio.

Sinopsis: si hay algo que caracteriza a los victorianos es su maestría a la hora de contar cuentos de fantasmas. Un campo en el que muchas eminentes damas novelistas, conocedoras de lo escalofríante, marcaron tendencia. Las veinte historias incluidas en este volumen abarcan el reinado de Victoria y cuentan con aportaciones de autoras clásicas como Charlotte Brontë, Vernon Lee, Elizabeth Gaskell, Margaret Oliphant o Willa Cather, junto con otras no menos especialistas en lo tenebroso y sobrenatural. Ambientadas en los páramos de Irlanda, en una villa mediterránea o en la tétrica mansión de Londres, estos relatos evidencian la fascinación victoriana por la muerte y por lo que había más allá, con atmósferas sugerentes, ingenio y mucho humor.

Su historia me ha parecido: extensa, completa, interesante, titánica, enormemente reflexiva, perfectamente presentada, cuyo esfuerzo editorial no aprecias hasta que no te adentras en él...Queridas lectoras y estimados lectores, todos sabemos que mayo es el mes más esperado por muchos. Es el momento en el que comienzan a florecer los jardines y parques que pueblan las ciudades, en el que el sol pasa más tiempo a nuestro lado y e el que, a pesar de que durante ese mes se produce un repunte en las alergias, lo acogemos con los brazos abiertos. En mayo es tiempo de dar largos paseos, de realizar salidas al campo, de organizar algún picnic en la hierba, de quitarnos la primera capa de ropa, de recorrer la ciudad en bicicleta o de cazar insectos. En mayo tienen lugar infinidad de festividades, en su mayoría religiosas, que toman las principales arterias de las ciudades durante unos días. Pero también, en mayo, tiene lugar un curioso fenómeno, el cual sólo experimentan quienes durante ese mes tienen que hincar los codos, y es que no aprendemos, siempre tenemos que dejarlo todo para el último momento. Además de todo eso, las semanas de mayo son tal vez las más reflexivas, pues cada vez queda menos para dar por finalizado un nuevo ciclo, ya sea laboral, social, personal, profesional...Y es durante esas soleadas jornadas cuando uno se detiene, se sienta y es consciente de que el verano está a la vuelta de la esquina y que en algunas ocasiones, el futuro sigue estando en el aire. Todo parece perfecto, bonito, idílico; como esas fotos que todos nos hacemos en actitud festiva y alegre. Sin embargo, tras esos rostros rebosantes de felicidad, tras esos ojos que se iluminan a la luz de los rallos de sol, tras esas amplias sonrisas, la perturbación puede aflorar en el momento menos oportuno, transformando lo que era un día típico de primavera en una jornada tormentosa. Nuestras preocupaciones, miedos e inseguridades, nuestros fantasmas al fin y al cabo, nos asaltan trastocando todo a su paso. De eso precisamente van los cuentos de los que hoy tengo el placer de hablaros y que, reunidos en un extraordinario volumen, constituyen el más amplio testimonio, no sólo de una época, sino de toda una tradición literaria. Damas oscuras: veinte historias de fantasmas, veinte ejemplos de insubordinación intelectual.


La historia de como este volumen de relatos llegó a mis manos es bien sencilla. Aunque para seros sincera comenzó a raíz de un interés intelectual todavía insatisfecho y que tiene mucho que ver con el redescubrimiento del siglo XIX. Durante las clases de historia del instituto, además de la I Guerra Mundial y la II Guerra Mundial, el siglo XIX no me entusiasmaba demasiado. Y aunque si bien es cierto que la historia social de aquel tiempo me provocaba más curiosidad que fascinación, solía pasar los exámenes sobre la Revolución Industrial y la era del Imperialismo con nota. Sin embargo, creo que fue durante el traumático segundo de bachillerato cuando de verdad logré cogerle tirria al siglo XIX, y más concretamente al siglo XIX español. El estrés que todos vivimos durante ese curso, la presión por el examen de selectividad, la extraordinaria complejidad de esta materia en concreto y un profesor de historia que dejaba mucho que desear contribuyeron a que las clases de historia contemporánea de España, en concreto los temas del siglo XIX, se me hiciesen soporíferas. De hecho, la situación llegó hasta el punto de que decidí decantarme por filosofía en lugar de por historia a pocas semanas de realizar el examen más importante de mi vida. Ironías del destino, mi intención era conseguir con mi resultado entrar en la carrera de Historia. En los años siguientes, ya encontrándome sumida entre clases magistrales, apuntes, almuerzos en la cafetería y búsquedas de libros en la biblioteca de humanidades, mi relación con el siglo XIX no es que mejorase, sino que fue a peor. En una carrera como la de Historia lo lógico hubiese sido toparte con profesores apasionados por su trabajo, pero sobre todo, por la época de la que son especialistas y que tienen el honor de explicar ante una abarrotada clase de alumnos ávidos de conocimiento. Pero la realidad fue que quien me tuvo que explicar el siglo XIX en el marco de Historia Universal de segundo curso no lo hizo adecuadamente, es más, parecía que le importaba un pimiento la asignatura y si los alumnos aprendíamos algo. A medida que avanzaban los cursos la cosa mejoró, y a pesar de que en tercero me tocó otra profesora bastante peculiar, por lo menos la segunda mitad del XIX español me quedó bastante clara. Luego en el Master fue otra cosa, no voy a decir que los encargados en impartir la asignatura sobre ese siglo fuesen impecables, pero mejores que aquel profesor de segundo sí. Una vez acabé mi etapa universitaria vino entonces mi acercamiento a esta época histórica a través de la literatura. Es cierto que ya había leído libros escritos en el XIX, de hecho, Madame Bovary y Frankenstein siempre estarán entre mis imprescindibles. Sin embargo, no fue hasta aquel crucial curso de escritura y el reencuentro con una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veía los que me empujaron a leer más a fondo estos libros. Y gracias a todo ello, pude dar con la literatura victoriana, a la que durante este mes le estamos dedicando un importante espacio, y especialmente con el relato gótico. Un formato que al principio cuesta amoldarse pero al que poco a poco el lector consigue engancharse. Teniendo en cuenta todos estos antecedentes ¿Cómo no sucumbir ante Damas oscuras? Cuya presencia ya impone y atrae al mismo tiempo. Tardé bastante hacerme con un ejemplar, sin embargo, en cuanto inicié su lectura, y encima coincidiendo con una noche de tormenta, supe al instante que todos esos días de eterna espera habían merecido la pena.


Antes de centrarnos en la reseña propiamente dicha, me gustaría comentar que Damas oscuras tiene el honor de ser el libro de relatos más voluminoso en páginas y en contenido jamás reseñado en Jimena de la Almena. Un total de veinte relatos componen el libro, cada uno escrito por una autora diferente, cuya única conexión entre ellas, además de excepcionales lazos de amistad que unían a algunas de estas autoras, son las fechas de sus respectivos nacimientos (todos comprendidos a lo largo del siglo XIX), su lugar de procedencia (la mayoría nacidas en Gran Bretaña excepto tres de ellas) y el tipo de cuento, que no es otro que el cuento de fantasmas gótico puro y duro. Cada una con su estilo y peculiaridades literarias, pero todas sucumbidas ante el atractivo filón que por aquel entonces tenía escribir sobre lo sobrenatural y la delgada línea que separa la vida de la muerte. La edición que nos presenta Impedimenta no puede estar hecha con más amor, empezando por el cuidadísimo diseño de portada (el cual no puede ser más Dickensiana al combinar lo fantasmagórico con elementos que recuerdan a la Navidad) y acabando por la ordenación y presentación de cada uno de los relatos. Los cuales vienen precedidos de una pequeña biografía de la autora que ha escrito el relato. Tras una útil introducción por parte de los editores apuntando las características básicas del contexto histórico en el que nacieron cada uno de los escritos, el volumen arranca de la forma más potente posible, con un relato de la mismísima Charlotte Brontë. Una decisión que sin duda no ha sido fruto ni del azar ni de la casualidad, pues al iniciar el libro con este relato en particular se lanzan dos mensajes: primero, que el texto de Charlotte Brontë es el más antiguo en comparación al resto, el primero que se escribió. Y segundo, impresionar al lector que se adentre en Damas Oscuras, pues más allá de Jane Eyre y algunas novelas menores, muy pocos son los que saben que la mayor de las hermanas Brontë escribió poesía y no pocos cuentos, algunos de ellos de fantasmas, como el que inaugura este recopilatorio literario. Un relato extraordinariamente breve para la época en el que, sorpresa, pone en evidencia al mismísimo Napoleón Bonaparte de una forma realmente brillante. Tras ella le sigue otra de las grandes, Elizabeth Gaskell con un relato protagonizado por una peculiar niñera que lejos queda de los afables personajes de Norte y Sur. A estas insignes escritoras le siguen otras por desgracia menos conocidas pero igual de interesantes. Tales son los casos de Mary Elizabeth Branddon (fundadora de las revistas literarias Belgravia Magazine y Temple Bar Magazine), Amelia B. Edwards (afamada arqueóloga y Egiptóloga, hasta el punto de fundar la Egypt Exploration Society aún vigente en la actualidad), Rosa Mulholland (a quien el mismísimo Charles Dickens animó y aconsejó en sus inicios como escritora), Rhoda Broughton (a quien la sombra de su tío, Joseph Sheridan Le Fanu, condenó a un segundo puesto), Mrs Henry Wood (Ellen Price, escribió gran parte de su obra sentada en una silla especial debido a unos problemas de espalda que la acompañaron toda su vida) o Vernon Lee (pseudónimo Violet Paget, fue pionera en abordar públicamente su homosexualidad, además de ser la pareja de Amy Levy, primera mujer judía en ser aceptada por la Universidad de Cambridge) entre otras. Así mismo, en Damas oscuras también encontramos presencia norteamericana de la mano de autoras como Gertrude Athernon (en cuya biografía encontramos detalles tan curiosos como que Oscar Wilde le resultaba físicamente repulsivo y sus escritos poco viriles, su anticomunismo o su pertenencia a la League of American Writers a favor de Franco siendo la única mujer), Willa Cather (quien consiguió fama y reconocimiento como escritora en vida al tiempo que rompía esquemas al convivir con su pareja, Edith Lewis, bajo un mismo techo)y Mary E. Wilkins Freeman (primera mujer en recibir la medalla Howells de Ficción por parte de la Academia Americana de las Artes y las Letras) cuyo estilo que mezcla la inspiración victoriana y aspectos de la cultura estadounidense de aquellos años las convierten en escritoras singulares dentro del panorama literario del XIX. La estructura de todos los relatos es muy similar: entorno proclive (castillo, mansión...), con unos personajes extremadamente apasionados y en los que una presencia sobrenatural quebranta la aparente armonía del lugar, afectando de forma decisiva al devenir de cada personaje. El estilo es diferente en cada relato, al igual que la calidad literaria o los puntos de vista desde los que se narra la historia. Sin embargo, en su conjunto podríamos decir que confeccionan un amplio mapa de las posibilidades del terror dentro de una tradición tan específica como la del cuento de fantasmas victoriano. Por ir finalizando este apartado diré que éste no es un libro fácil de leer. Es más, Damas oscuras no permite una lectura seguida de hecho os aconsejo que lo cojáis con tiempo e incluso que lo compaginéis con otra lectura totalmente distinta. Así como el hecho de que si eres un amante de la literatura victoriana, éste libro no puede faltar en tu biblioteca.


El XIX británico fue realmente fascinante. Bajo lo que posteriormente se conocería como "época victoriana" se asocian una serie de acontecimientos clave. Tales como la consolidación de una economía industrializada, el desarrollo y asentamiento de la burguesía como consecuencia de la implantación del sistema fabril, el masivo éxodo rural, la transformación de las grandes ciudades (Londres especialmente), la aparición de otros núcleos urbanos nacidos al calor de la Revolución Industrial (como puede ser el cado de Manchester y Liverpoool), la aparición de nuevos barrios (unos destinados a la burguesía a las afueras de las ciudades y otros a los obreros situados en pleno corazón de éstas) el imparable crecimiento de la población, la expansión imperialista, el nacimiento del movimiento obrero, la consolidación del liberalismo o el surgimiento de las primeras reivindicaciones sufragistas entre otros. Luego, conforme nos vamos aproximando al conocimiento de esta etapa del pasado, vamos añadiendo más aspectos que lo caracterizaron, como por ejemplo los avances científicos (tanto tecnológicos como los concernientes a la biología). No debemos olvidar que es durante el siglo XIX cuando Charles Darwin escribe El origen de las especies, causando un verdadero cataclismo en la sociedad del momento. El XIX británico también fue testigo de los numerosos descubrimientos geográficos que exploradores (y alguna exploradora) llevaron a cabo por las colonias. Como consecuencia de ello, también se produjeron otro tipo de descubrimientos, más relacionados con el campo de la arqueología, especialmente en lugares como Egipto, lugar que en pocos años se convirtió en la meca de muchos entusiastas por la historia y el mundo antiguo. Lástima que todo ese afán de conocimiento acabase derivando en un masivo expolio. Pero sin duda, no se puede hablar de la era victoriana sin mencionar el auge que durante aquel siglo experimentó la cultura, en especial las letras, teniendo a Charles Dickens como su máximo exponente y siendo el que mejor ha descrito dicha época en sus novelas. Sin embargo, y eso Damas oscuras lo demuestra, existieron muchas escritoras, la mayoría británicas y algunas nacidas al otro lado del charco, que no quisieron quedarse atrás ejerciendo el papel de dulce esposa y apostaron por labrarse una carrera literaria a la altura de sus colegas varones. Y fueron los cuentos de fantasmas a través de los cuales algunas de estas autoras lograron fama y reconocimiento. La respuesta al por qué de la popularización de estos relatos la encontramos primero en el creciente interés por lo oculto. Es durante esa época cuando se popularizan las sesiones de espiritismo (sobre todo en las clases más pudientes) y en la que la figura de la o el médium cobra importancia. Y segundo, en algo clave: el surgimiento del Romanticismo como reacción a los dictados de la razón y la ilustración. Es así como el fantasma, como personaje literario, se usan para reivindicar el carácter folclórico de toda sociedad y para perturbar las cuadriculadas vidas de las clases acomodadas. Todo eso en un contexto en el que, a pesar de que se reivindicasen las raíces de los pueblos, éstos hacía mucho tiempo que las habían arrancado en el imparable camino del progreso. Por tanto, el carácter subversivo del fantasma fue la excusa perfecta para que estas escritoras lo usasen para alterar el orden y reivindicarse en un mundo de hombres. Sería hipócrita decir que las autoras no se sentían identificadas con sus fantasmas literarios, pues, esa invisibilidad a la que la sociedad les había condenado (convirtiéndolas en "ángeles del hogar" recluidas en el ámbito doméstico) tenía que ser visibilizada, denunciada, mostrada. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que a través de un relato de fantasmas clásico? En definitiva, este libro, plagado de historias (algunas de ellas para no dormir) lanza tres mensajes: uno, que la literatura victoriana aún nos puede dar muchas sorpresas. Dos, que a través de los cuentos se puede conocer las costumbres sociales de una época histórica del pasado. Y tres, que las mujeres también sabemos escribir relatos de terror. Damas oscuras: veinte relatos de desasosiego, perturbación, casas encantadas, villas mediterráneas, parajes inhóspitos, sucesos sobrenaturales, reflexión...Un libro que reivindica y ensalza el papel de la mujer escritora.

Frases o párrafos favoritos:

"Acompañado por el espectro, recorrió las calles desiertas hasta llegar a una mansión que se alzaba a orillas del Sena. Una vez allí, su guía se detuvo, y cuando las puertas se abrieron para recibirlos, entraron en un amplio vestíbulo de mármol que ocultaba parcialmente una cortina, por cuyos pliegues transparentes penetraba una intensa luz de ardía con un brillo cegador. Una hilera de figuras femeninas fastuosamente vestidas y tocadas con guirnaldas de las flores más hermosas, aunque con rostros ocultos por unas espantosas máscaras de calavera, se alineaba ante el cortinaje."

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, os adjunto la pieza de música clásica que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Tan conocida como impactante, consigue que un escalofrío recorra tu cuerpo de arriba abajo.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 15 de mayo de 2018

RESEÑA: La señora Fletcher

LA SEÑORA FLETCHER

Título: La señora Fletcher.

Autor: Tom Perrotta (Newark, Nueva Jersey 1961) es escritor y guionista. Ha publicado con gran éxito de público y crítica dos libros de cuentos y ocho novelas que han sido traducidos a múltiples idiomas. Muchas de sus obras han sido llevadas al cine, entre ellas Election (1998), Juegos de niños (2004) - por cuyo guión estuvo nominado al Oscar - y The Leftovers (2011), que se convirtió en una exitosa serie de la cadena HBO. La señora Fletcher (2017) es su última novela.


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: inglés.

Traductor: Mauricio Bach.

Sinopsis: Eve Fletcher es una mujer divorciada de poco más de cuarenta años que vive en una tranquila ciudad de Nueva Jersey. Ahora que su hijo se acaba de ir de casa para empezar la universidad piensa que ha llegado el momento de dedicarse un poco más a sí misma, de aprovechar todo el tiempo que tiene a su disposición. Eve se apuntará a un curso universitario sobre "género y sociedad", donde conocerá a gente de lo más variopinta, se obligará a cultivar nuevas amistades, descubrirá la pornografía en internet y las aplicaciones de citas, y hará cosas que meses atrás le hubieran parecido inconcebibles. Mientras, Brendan, su hijo, se dará cuenta de que su idea de lo que sería la peripecia universitaria estaba completamente obsoleta y de que la vida en el campus está muy lejos de los estereotipos que había imaginado.

Su lectura me ha parecido: interesante, ligeramente divertido, amena, con momentos de verdadera lucidez, contradictoria, desmitificadora, contemporánea...Queridas lectoras y estimados lectores, nos estamos americanizando a la velocidad de la luz. Estas palabras suenan demasiado contundentes, lo se, pero en este mundo tan globalizado el poder económico y cultural que ostenta los Estados Unidos de América es tan grande que todos los países de la orbita, incluyendo el nuestro, intentan amoldarse a todo lo que provenga de él. El concepto de comida rápida, los adosados con jardín, las hamburguesas, el Halloween, las bodas con damas de honor, el cine, el brunch, las tortitas, el kétchup, la música, las primarias, las fiestas universitarias, los bailes de fin de curso, las graduaciones académicas, los muffins, las series de televisión...Son muchos los aspectos que dese Europa copiamos y adaptamos para convertirlos en nuestros. No obstante, y a pesar de la cara oculta de la globalización, y en lo que a libros se refiere, los europeos, y por extensión los españoles, nos apasiona la literatura americana. Raro es el adolescente de éste país que no haya leído, o al menos intentado leer, El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, o el adulto aficionado al terror que no haya leído ni a Edgar Allan Poe, ni a H. P. Lovecraft  o a Stephen King. Incluso a día de hoy el pensamiento de Henry David Thoreau, uno de sus norteamericanos más ilustres, está más de actualidad que nunca. Al igual que existen muy pocos amantes de los libros en este mundo que no se rindan ante la calidad y el aura que desprenden los escritores de la llamada Generación Perdida. Por no hablar de la Generación Beat (rescatada editorialmente en nuestro país), de las escritoras norteamericanas del XIX (cuyo feminismo está empezando a conocerse y que va mucho más allá de la Harriet Beecher Stowe) o el inquebrantable como ocasionalmente sobrevalorado Paul Auster. Todos hemos leído algo escrito por una escritora o escritor norteamericano, y seguiremos haciéndolo, porque a pesar de que podamos escapar de algunas de sus costumbres, reconozcámoslo, adoramos su cultura, historia, paisajes o sus problemas sociales a través de la creación literaria. Con el libro que hoy tengo el placer de reseñar ocurre precisamente eso, que el lector acabe sucumbiendo al atractivo de los autores norteamericanos, aunque en esta ocasión, se nos presente una visión algo menos estereotipada. La señora Fletcher: la desmitificación de la clase media americana a golpe de contradicciones y humor inteligente.


La historia de como este libro llegó a mis manos es bien sencilla. Podría empezar la narración desde el momento en el que una mañana, tan ajetreada como decepcionante, el cartero llamó al timbre y me entregó en mano un paquete que contenía un ejemplar de La señora Fletcher. No obstante, y siendo totalmente honestos, deberíamos trasladarnos unos meses atrás, cuando irremediablemente experimenté el llamado "bloqueo lector". La razón por la que durante unas semanas estuve prácticamente sin leer un libro fue sin duda la acumulación de lecturas de clásicos que leía. Todos los que me seguís o me leéis por aquí sabéis de mi predilección hacia todas aquellas lecturas escritas en el pasado y que por un motivo u otro la historia los ha considerado inmortales y atemporales, trascendiendo incluso siglos al momento en el que fueron escritos. Y no lo voy a negar, me encantan, sobre todo porque a través de ellos me adentro en épocas pasadas que me gustan mucho y de las que siempre se puede aprender algo nuevo. Sin embargo, todo tiene su límite, y yo lo rebasé hasta el punto de no querer ni oír hablar de ciertas autoras o autores en mucho tiempo. Mis noches,  las cuales destinaba a leer hasta sucumbir de sueño, me las pasaba mirando al techo. Suena deprimente, lo se, pero no os podéis imaginar las cosas que se hacen cuando uno lo sufre en carne propia. Me costaba dormir, tenía la cabeza en otra parte, hacía de una tontería una montaña de arena, sentía que nadie me entendía, mis pensamientos fueron sustituidos por preocupaciones, casi no hablaba...Tengo que aclarar que, además del bloqueo lector, se juntaron otras cosas de las que no voy a hablar, las cuales agravaron aún más esa sensación de desazón y de estar perdiendo el tiempo constantemente. Necesitaba desesperadamente algo nuevo, algo que me hiciese volver a ser yo misma, a seguir peleando cada día, a no tirar la toalla a la primera de cambio, a no ser tan negativa. ¡Algo! ¡Lo necesitaba! Lo más curioso de toda esta historia es que ese algo que pedía a gritos llegó en forma de libro, justo lo que durante esas semanas había estado evitando. La señora Fletcher se titulaba y su historia me tuvo obnubilada durante el tiempo que duró su lectura. Un tiempo en el que conseguí relajarme, descansar mentalmente y dejarme llevar por el poder de las palabras. En definitiva, lo que necesitaba al fin y al cabo era un libro actual, sin barroquismos, sin extrañas metáforas, simple y rápido de leer. Luego La señora Fletcher me hizo reflexionar, pero eso vino con el tiempo, una vez asenté la lectura en mi cabeza. Ha pasado el tiempo y todavía recuerdo las noches que este libro reposó sobre la mesita, esperando ser leído. Y aunque cada vez que lo nombro la gente suele confundir su título con el inolvidable personaje de Angela Lansbury, me da igual, sólo me importa la certeza de que un libro, de nuevo, me ha salvado del abismo.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos por algo que ya he comentado en los párrafos anteriores. La señora Fletcher presenta una lectura muy amena, tranquila, apacible, que invita al lector a se relaje en el sofá y se sumerja sin problemas en la historia. Sin embargo, eso no sucede al momento, al menos no en mi caso. Si bien es cierto que a medida que avanzaba entendía mejor porque derroteros iba a transcurrir la trama, lo cierto es que personalmente me costó entrar en ella, pero sobre todo, familiarizarme con sus personajes. Eve Fletcher, la famosa señora Fletcher, me pareció una madre corriente y moliente al principio y el personaje del hijo, por ser clara, un cerdo machista, de esos a los que si existiera en la realidad tendría muy lejos de mi. Sin embargo, con el paso de los días y de las hojas que iba dejando atrás, Eve Fletcher me acabó cayendo bien, bastante bien diría. De hecho se podría decir que es ella, sus acciones y pensamientos el único eje de la novela del que parten la mayoría de las reflexiones que Tom Perrotta manifiesta en ésta. Pocas veces encontramos en la literatura un personaje con el que poder identificarnos más allá de la posición social o la situación sentimental que experimenta en ese momento. Y con respecto a Brendan, el hijo de Eve, me siguió cayendo mal, hasta el punto de cogerle manía. Algo que no me sucedía desde hacía tiempo. Más allá de los personajes, aunque como acabamos de comprobar son bastante importantes en esta novela, La señora Fletcher cuenta dos historias que transcurren en paralelo, la historia de Eve Fletcher por un lado y la de Brendan por otro. Eve es una mujer de unos cuarenta años, directora de un centro de atención a personas mayores y madre divorciada que ante el síndrome del nido vacío decide llenar el espacio que ha dejado libre su hijo para dedicarlo a si misma. De este modo, Eve se apunta a un curso universitario sobre literatura transgénero que le servirá para conocer a todo tipo de gente, cada cual más interesante en sus opciones sexuales, los cuales acabaran dando más de una lección a Eve. En pocas palabras podríamos decir que Eve acaba abriéndose a un atractivo mundo para ella antes desconocido y que le llevará, entre otras cosas, a descubrir el porno, a replantearse su propia sexualidad y a conocerse mejor a si misma. Por otro lado, Brendan, es el típico chico deportista de instituto y juerguista que accede a su primer año de universidad, y por extensión, a su primera experiencia fuera del nido materno. ¿El resultado? Una total decepción. Las razones: que la vida universitaria no responde a los estereotipos que él espera (fiestas, borracheras, ligues...) y su negativa a subir el siguiente escalón en su camino hacia la madurez. Ambas voces se alternan a lo largo de esta novela, dando paso a otros personajes igual de interesantes como Julian Spitzer o Amanda Olney, de los cuales no quiero desvelar mucho, pues de hacerlo estaría destripando gran parte de la historia. Por otro lado, La señora Fletcher se caracteriza por el uso del humor en determinados momentos de la novela y siempre coincidiendo con esas contradicciones en las que los personajes caen una y otra vez. El lector no se ríe a carcajadas con las reflexiones de Eve,sino que sonríe, sin poder evitarlo, ante esas  otras situaciones que se producen. Y sin duda, no podemos pasar por alto el carácter cinematográfico de este libro. Recordemos que su autor, Tom Perrotta es además guionista y creador de Leftovers (una de las series, según los críticos, más infravaloradas del panorama seriefilo actual), por lo que el versado en estas lides intuirá  que existe un proyecto más allá de La señora Fletcher más allá de lo novelístico en la cabeza del escritor. Por último, me gustaría dedicar unas líneas a expresar mi disconformidad con el final de este libro, tan conservador como impredecible, no deja a nadie indiferente. Eso si, tal y como está planteado, es posible que existan personas a las que les guste y aprueben la decisión de Perrotta respecto a sus personajes. Esta dualidad de opiniones no hace sino cargar a La señora Fletcher de personalidad y atrevimiento.


Existen en el mundo ciertos lugares idílicos en los que todos alguna vez en nuestra vida hemos deseado estar. Tumbados en una playa del pacífico, en medio de un profundo bosque, paseando por una gran urbe, cruzando un famoso puente, contemplando un importante monumento, nadando en una piscina cubierta, comiendo en el mejor restaurante del mundo, al borde de un acantilado admirando el paisaje, sobre el pico de alguna montaña o bajo una noche estrellada. Pero también los hay quienes su felicidad se materializa en la estabilidad que produce pertenecer a una clase social determinada, en especial a la conocida como clase media, que en Estados Unidos, se nos ha presentado siempre de forma estupenda. Barrios apartados de las ciudades, adosados con jardín, en algunos casos con piscina, hileras e hileras de calles interminables, los coches siempre aparcados a la entrada, aceras plagadas de buzones, carreras en bicicleta, meriendas en el porche, clubs sociales, niños vendiendo limonada tres calles más allá, el autobús escolar que se detiene frente a las casas, cafeterías, tiendas de ropa, electrodomésticos, enormes supermercados...En definitiva, el leitmotiv de muchas películas americanas que consiguen que desde otras partes del globo terráqueo admiremos ese estilo de vida, o que incluso sintamos envidia de él. Sin embargo, y de nuevo el cine lo muestra, no todo es perfecto. La aparente felicidad que se respira en ese particular ecosistema en ocasiones enturbia la vida de sus habitantes. No son felices, se sienten atrapados en una misma rutina día tras día, quieren escapar de todo ello, aunque dicho atrevimiento tenga como consecuencia romper con todo, incluso con lazos familiares. Esa vida acomodada y conservadora les devora y no están dispuestos a dejarse engullir por las garras del sistema que sus generaciones anteriores han contribuido a construir y asentar. Esa y no otra es la trama de American Beauty, película protagonizada por el malogrado Kevin Spacey y por una siempre fantástica Annette Bening y que a principios de los 2000 se llevó todos los premios cinematográficos habidos y por haber, incluyendo cinco premios Oscar. En ella se abordan las miserias de una familia dentro de la supuestamente idílica vida de la clase media estadounidense y de como su protagonista, Lester Burnham (personaje que le valió a Kevin Spacey su segundo Oscar) trata de revelarse contra ella tirando de ironía y poco a poco satisfaciendo sus propios deseos. Todos recordamos algunos detalles de la película (de hecho el lector más cinéfilo habrá podido adivinar que la anterior imagen corresponde a uno de los fotogramas, a mi juicio, más interesantes del film) aunque ésta haya pasado a la historia básicamente por la famosa escena de los pétalos de rosa cayendo sobre Lester Burnham mientras contempla embobado a Angela Hayes, la mejor amiga de su hija, desnuda y semicubierta de un manto de rosas rojas. Y en el fondo, la trama de La señora Fletcher tiene muchos puntos en común con la película de Sam Mendes. Para empezar también desmitifica el prototipo de familia de clase media americana al plantar ante los ojos del lector a una madre divorciada con un hijo. También apreciamos sus pequeñas miserias, sus contradicciones, su incapacidad para asumir los cambios, sus ansias por escapar de la rutina, del hastío, el abrazar unos estereotipos que no existen en el caso de Brendan o en disfrutar fuera del sistema en el caso de Eve Fletcher. Sin embargo, tanto la novela como la película parecen mandarnos un mensaje tan contundente como preocupante. El de que si te sales de la norma tienes que estar atenta o atento a las consecuencias. Algo que al espectador y al lector no debe dejarnos impasibles, sino que a partir de él, debemos construir en nuestra cabeza la reflexión principal, que no es otra que la de que hasta lo perfecto es imperfecto. Que lo que brilla acaba cegando los ojos. Que el lugar más deseado puede convertirse en nuestra peor pesadilla. La señora Fletcher: una historia de descubrimiento, soledad, aprendizaje, bofetadas de realidad, clases de historia de género, sexo, pornografía cibernética, huida hacia adelante...El American Beauty literario.

Frases o párrafos favoritos:

"La mayoría de ellos parecían no seguir el mismo guion que ella, aunque eso también dijese más sobre las personas importantes en su vida que sobre los grandes días en general."

Película/Canción: a la espera de que tengamos más noticias de la futura adaptación televisiva de esta novela, de la cual sólo se conocen algunos detalles. Os adjunto la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. La cual, no podía ser otra que el tema principal de American Beauty. Que la disfrutéis.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

viernes, 11 de mayo de 2018

RESEÑA: Relatos sombríos.

RELATOS SOMBRÍOS

Título: Relatos sombríos.

Autora: Edith Nesbit (Londres 1858-Dymchurch, Kent 1924). Su padre murió cuando era muy joven y su madre, a pesar de la falta de dinero, fue capaz de darle una educación, primero en Inglaterra y luego en Francia. Era una mujer fuerte e independiente que escribía para mantener a su familia. Conocida principalmente por sus cuentos para niños, sus historias de fantasmas quedaron relegadas al olvido. Se sirvió de estos relatos para plasmar las tensiones matrimoniales que vivía en su propia casa, usando lo sobrenatural como catálisis para provocar una crisis emocional en sus persoanajes. Siempre muy interesada en lo sobrenatural, se quejaba de que en la casa en la que escribió sus más famosas historias para niños estaba embrujada. Murió en el condado de Kent por un cáncer de pulmón a los 66 años.


Editorial: Biblioteca de Carfax.

Idioma: inglés.

Traductor: Gonzalo Gómez Montoro.

Sinopsis: recopilación de nueve relatos victorianos de fantasmas y experiencias sobrenaturales. En ellos el lector explorará los límites del miedo, así como una ácida critica social a la época a través del género del terror.

Su lectura me ha parecido: interesante, amena, perturbadora, inteligente, breve, un maravilloso descubrimiento...Queridas lectoras y estimados lectores, ya es un hecho, el terror está de moda en la literatura. Pero no un terror cualquiera, de este que no dice nada al lector y que su trama descafeinada dura un suspiro en el recuerdo de quien la lee, sino el terror de verdad. Ese terror primitivo que se desarrolló a principios de siglo XIX, el que surgió de la necesidad de romper con lo anterior, que funcionaba como una vía de escape ante los dictámenes de la razón. Ese que nos hace atravesar bosques siniestros, recorrer pasadizos secretos, pasear entre tumbas, admirar las ruinas de tiempos pasados o perdernos entre los muros de una mansión de estilo neogótico. Ese en el que lo sobrenatural está a la orden del día, permitiendo a los personajes estar en permanente contacto con el más allá o con criaturas tan monstruosas como humanas. Ese que nos sobrecoge con su vigencia y atemporalidad, consiguiendo que el lector del siglo XXI se quede impactado ante las poderosas reflexiones que este tipo de terror literario puede ofrecer. Muchos son los que no se atreven a leer este tipo de historias, y lo entiendo, pues durante muchos años yo misma pertenecí a ese grupo, a ese colectivo de lectores que no querían oír hablar de las historias de terror. Sin embargo, en los últimos años me he dado cuenta del potencial que éste género tiene, siendo en mi más sincera opinión, uno de los que mejor expresa las opiniones e ideología de la escritora/or que hay detrás. Algo tremendamente importante si tenemos en cuenta lo difícil que resulta en ocasiones hacernos entender a través de la palabra escrita. El volumen de relatos que hoy reseño se encuadra en ese contexto precisamente, en el del resurgimiento del terror como moda literaria, pero también en el del rescate editorial. Un enorme esfuerzo por parte de las editoriales al que como lectores y hambrientos de saber, debemos estar eternamente agradecidos. Relatos sombríos: nueve joyas terroríficas rescatadas del olvido.


Como he comentado en el anterior párrafo a una servidora no le gustaban los libros de terror. ¿La razón? La de siempre: porque no quería pasarlo mal durante la lectura. Antes de iniciarme en el género, yo concebía la lectura como algo placentero sin más. Ni actividad reflexiva, de enriquecimiento intelectual o humano. Nada de eso. Era de las que me tumbaba en un sitio cómodo (sofá, cama, tumbona...) y me pasaba horas leyendo. Experimentaba todo tipo de emociones, sí, pero no las asumía como posibles objetos de debate o alicientes para hacerme profundas preguntas acerca de lo que acababa de leer. Sin embargo, y aunque el cambio de chip se produjo con una serie de lecturas que nada tienen que ver con el terror y aunque mi primer libro del género fue Misery del gran Stephen King, comencé a darme cuenta del potencial de las historias de miedo cuando, durante un curso de escritura creativa, leímos El corazón delator de Edgar Allan Poe. Había leído la citada Misery y Leyendas de Bécquer (éste último en el instituto y sin sacarle todo el partido que ofrece dicha lectura), pero su recuerdo no fue para nada comparable a lo que sentí ante aquella lectura en voz alta del famoso relato de Poe. Fue en ese preciso instante en el que me di cuenta de que el terror, como género literario, además de producir emociones extremas en el lector podía ser el vehículo más eficaz para transmitir una inquietud, un pensamiento o inquietar con una reflexión tan actual como viva en el tiempo. Todos recuerdan las historias de terror, cualquiera que se haya adentrado en el género lo hace, y si pasan los años y la gente sigue fascinada por el terror será por algo. En mi caso, respecto al El corazón delator, recuerdo primero el agobio que me produjo el relato, una sensación de tensión constante y de desear que la trama se resolviese de una vez para apaciguar esos nervios. Sin embargo, también recuerdo ese mensaje tan oscuro que lanza el relato acerca de la condición humana y de los pensamientos que se nos pueden pasar por la cabeza en circunstancias límite. Una reflexión que podemos encontrar, además de en el cine, también en cientos de sucesos que ocurren a diario sin que seamos conscientes de ello. Por todo ello, y gracias al maestro Edgar Allan Poe, me lancé en los últimos años a descubrir el género. Han sido unos cuantos los autores que han pasado ante mis ojos: Lovecraft, Blackwood, Hope Hodgson... Pero he de decir que si de algo me ha servido esta introducción en el terror ha sido para comprobar que las mujeres también saben asustar con las palabras, que están a la misma altura en unos casos o por encima de los grandes del género en estas lides, que sus mensajes y reivindicaciones son expuestos de una forma muy ingeniosa y que tristemente, muchas de estas historias se han perdido o menospreciado por el hecho de estar firmadas con nombre de mujer. Afortunadamente, gracias a algunas editoriales del panorama literario español, he podido conocer a algunas de ellas, en especial a las de la época victoriana, las cuales han acabado por convertirse en mis favoritas. Y gracias especialmente a La Biblioteca de Carfax, editorial especializada en terror, porque ha logrado descubrirme a Edith Nesbit, una autora que influyó de manera decisiva en escritores como el autor de Las Crónicas de Narnia, C.S. Lewis, P.L Travers, autora de Mary Poppins o J.K. Rowling, autora de la exitosa saga de Harry Potter. En definitiva, Edith Nesbit y sus Relatos sombríos llegaron a mis manos gracias a ese interés por descubrir el mundo de las escritoras victorianas, más allá de las hermanas Brontë o Elizabeth Gaskell, y del que todavía no está todo dicho.


Centrándonos en la crítica de Relatos sombríos, comenzaremos diciendo que éste, en su conjunto, presenta una lectura bastante amena, sencilla, compuesta por relatos no demasiado largos y por unas historias realmente interesantes desde el punto de vista interpretativo. Como consecuencia, el lector que se adentre en estos nueve textos comprobará como las páginas vuelan en sus manos y ante sus ojos. Pero más allá de la extraordinaria agilidad que bien podríamos encontrar también en textos de más reciente publicación, lo que de verdad merece la pena de los relatos de Edith Nesbit es pararse, sosegar la lectura y detenerse en cada uno de ellos para observarlos con una mirada más analítica. De este modo, el lector apreciará pequeños detalles que harán de este volumen una recopilación inolvidable. Según la pequeña biografía que podemos leer en una de las solapas, descubrimos que Edith Nesbit, como autora, fue y es más conocida por sus cuentos infantiles, aunque su producción dentro de la narrativa del terror se encuadra temporalmente dentro de la tradición victoriana, lo que significa que como lectores nos predisponemos ante la lectura de un tipo de historias cargadas de tópicos de sobra explotados. Y sí, en cierto modo los relatos de Nesbit responden a las características básicas de la época y del estilo. Abundan los espíritus, las parejas apasionadas, tétricas iglesias con apariencia ruinosa, secretos llevados literalmente a la tumba o fenómenos paranormales cuya explicación encontramos en las creencias populares del momento. Pero insisto, más allá de los tópicos del género, nos topamos con relatos tan inquietantes como extraordinarios, los cuales pueden perfectamente ser objetos de investigación filológica, pero también histórica. Por destacar algunos de los cuentos que más me han llamado la atención me quedaría con unos cuantos. En primer lugar, el libro se abre con el relato La estatua de mármol, publicado originalmente en prensa y que narra la historia de una pareja de recién casados atrapada en un mundo de superstición digno de estudio y análisis pormenorizado. En segundo lugar, Desde el reino de los muertos, constituye una de las tramas más simples y sobreexplotadas de la literatura (el desengaño amoroso) que acaba por convertirse en todo un tratado sobre los roles de género en la época y sobre los límites de los celos. En tercer lugar, El marco de Ébano, una suerte de El Retrato de Dorian Gray con un planteamiento más escalofriante. O en cuarto lugar el tremendo En la oscuridad, tan inquietante como perturbador, para los más aprensivos recomiendo que procuren leer este relato a plena luz del día. Pero sin duda, han habido dos textos dentro de este libro que sobresalen por encima del resto. El primero de ellos, La tercera sustancia, narra la historia de un científico que trata de hallar una fórmula para conseguir un superhombre. ¿Nos suena no? Es evidente que Nesbit se inspiró en el Frankenstein de la gran Mary Shelley para escribir este relato. A la pregunta de si está a la altura del monstruo más famoso de la literatura, la respuesta es que no, sin embargo, las reflexiones que Nesbit hace sobre los avances científicos y sus consecuencias más inmediatas no tienen desperdicio. Y el segundo, titulado Los cinco sentidos, está protagonizado por un científico que fruto de una investigación consigue cinco fórmulas que potencian la capacidad perceptiva de cada uno de nuestros sentidos. Ya anticipo que, aunque el final de este relato en particular no me ha entusiasmado, si que consigue que el lector se vuelva a interrogar sobre la ciencia y sus límites, además de tener todo el rato la sensación de que estamos a un protagonista muy parecido, de nuevo, al Doctor Víctor Frankenstein. En resumen, Relatos sombríos en sí, como lectura, no da miedo, al menos en mi caso, pero si que suscita importantes reflexiones sobre la ciencia, los roles de género, el matrimonio, el más allá o la superstición entre otros temas, además de evidenciar la abrumadora influencia de Frankenstein. Eso si, si hay algún aspecto al que le podría una pega es al mantra que se repite en casi todos los relatos, el de impedir a toda costa el objetivo del o la protagonista porque que algo malo va a suceder. Visto desde la perspectiva actual nos parecería un verdadero spoiler, aunque es evidente que forma parte del encanto de este tipo de relatos. Marca de la casa.


En el imprescindible ensayo El terror en la literatura, escrito por H.P. Lovecraft, se define al miedo como "la emoción más antigua y poderosa de la humanidad". Antigua por lo evidente. Desde el principio de los tiempos, desde que existen las sociedades, desde que la mujer es mujer y el hombre es hombre hemos tenido miedo. Siempre. No hay en este mundo nadie que no lo haya sentido alguna vez, y no hace falta haber vivido una situación extraordinariamente traumática para sentirlo de cerca. Hasta las acciones más cotidianas del mundo llevan implícito el miedo, y eso es gracias a la superstición, los comportamientos sociales y a las historias que hemos oído desde pequeños. Esa mezcla convierte al fuere en humano, aunque la mayor parte del tiempo éste se oculte tras la máscara de la heroína o héroe impasible, al que todo le resbala y que puede hacer frente a sus peores pesadillas. Y poderosa por lo siguiente: el miedo mueve a las personas. Es un hecho probado y contrastado. Sin ese sentimiento de temor, la prudencia no formaría parte de nuestro vocabulario, al igual que la inseguridad. Sin el miedo, muy importante, no habría control social, algo de lo que egoístamente se aprovechan los gobernantes para tener controladas a grandes masas de población. No hay mejor mecanismo de apaciguamiento que infundir el terror, el enfrentamiento o el peligro sobre la gente para que ésta permanezca en sus casas, se lo piense dos veces antes de decir según que cosas o incluso vote en unas elecciones influida por todo ese miedo arrojado desde el gobierno hacia el resto de partidos políticos. En el terreno literario, se da una paradoja particular. Si en lo social el miedo permite cosas tan peligrosas como el control social o la anulación de cualquier pensamiento que se salga de la norma impuesta, en los libros, especialmente en la novela y en el relato, éste sirve como vía de escape para denunciar una situación, un comportamiento social, una ideología política concreta...En definitiva, el terror anima a las escritoras y escritores a expresar libremente sus opiniones. En el caso de Relatos sombríos, tal y como se detalla en la biografía, Edith Nesbit aprovechaba para lanzar mensajes feministas y críticas en relación a los roles de género a través de sus relatos. Además de plasmar las tensiones matrimoniales que vivía en su propio entorno matrimonial, lo que podría calificarse como un desahogo personal ante una situación que vivían muchas mujeres durante siglo XIX. Sin embargo, y por desgracia, durante muchos años estos relatos de fantasmas victorianos firmados con nombre femenino no interesaron, aunque sus denuncias estuviesen justificadas y a corde con los tiempos. A pesar de que muchas de estas escritoras consiguieron la fama en vida, como el caso de Nesbit gracias sobre todo a sus relatos infantiles, el paso del tiempo y el peso del machismo las sepultó durante siglos. Ni interesaban esas reivindicaciones ni nada que partiese de la imaginación y la pluma de una mujer. Afortunadamente, el tiempo ha puesto a cada uno en su lugar y poco a poco el lector del siglo XXI va descubriendo que las mujeres en el XIX estaban vivas, activas y que peleaban por ver reconocidos sus derechos. En resumidas cuentas, el miedo puede acongojar, paralizar, hacer llorar o volvernos sumisos, pero también puede convertirse en el canal perfecto de difusión de ideas y clamores sociales; que en el caso de las mujeres escritoras fue el de la deconstrucción de los roles de género, el sufragio femenino, el acceso a la educación, la desmitificación de la maternidad y el matrimonio o la igualdad entre ambos géneros. Edtith Nesbit demuestra que si se quiere, se puede, y si de paso asustas con tus historias mejor que mejor. Relatos sombríos: nueve historias de terror, oscuridad, superstición, engaños, espíritus, cementerios, leyendas, profecías terribles...Un ejemplo de que existe reflexión más allá de los tópicos del género.

Frases o párrafos favoritos:

"Me aferré a la sábana aterrorizado. Sabía muy bien que entraría cuando se abriese aquella puerta que yo miraba fijamente."

"Ella no mostraba ninguna señal de trastorno mental, salvo en la persistente creencia de que él estaba mentalmente enfermo."

Película/Canción: a falta de una adaptación de alguno de sus relatos, he optado por la pieza de música épica que me ha acompañado durante la redacción de la novela. Tan mágica como sombría, como los relatos de Nesbit.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Biblioteca de Carfax

lunes, 7 de mayo de 2018

RESEÑA: Río revuelto.

RÍO REVUELTO

Título: Río revuelto.

Autora: Joan Didon (Sacramento, California 1934). Periodista y escritora. Graduada en Literatura inglesa por la Universidad de Berkley, California, su primer trabajo fue en la revista Vogue, donde acabó siendo editora. En 1964 se casó con el escritor John Gregory Dunne, con quien colaboró en la redacción de guiones cinematográficos. Ha sido colaboradora habitual de The New York Review of Books. Como escritora, debemos destacar: Según venga el juego (1971), Democracy (1984),Una liturgia común (2007), su obra autobiográfica El año del pensamiento mágico (2006), con la que obtuvo el National Book Award y fue finalista del Premio Pulitzer, y Noches azules (2011), un texto sobre la muerte de su hija. Su obra ensayística es muy extensa; de ella cabe señalar The White Album (1979), After Henry (1992), Salvador (1983), Miami (1987) o Political Fictions (2001). En España se ha publicado una recopilación de sus ensayos, con el título Los que sueñan el sueño dorado (2012).


Editorial: Gatopardo.

Idioma: inglés.

Traductor: Javier Calvo.

Sinopsis: en un caluroso verano de 1959, el matrimonio formado por Everett McClellan y su esposa Lily, bisnietos de una larga línea de pioneros californianos, ven como se derrumba su vida bajo el peso acumulado de falsas apariencias, errores y traiciones. La historia comienza y termina con un disparo, cuya detonación lanza al lector veinte años atrás. Tomando el pretexto de un drama doméstico aparentemente inofensivo, Didon traza con precisión quirúrgica, un fiel retrato de la clase media californiana de la época y retuerce los clichés románticos para retratar como un visionario la imagen de América que se halla al final de los suelos se adentra en una temporada crepuscular de la que aparece ya no resurgirá.

Su lectura me ha parecido: reflexiva, impactante original, compleja psicológicamente, de cuidada narración, con una catarsis que estremece, digno de ser leído...Queridas lectoras y queridos lectores. Ya es un hecho: el rescate editorial parece ser la tónica y lo que se lleva en tiempos en los que las nuevas tecnologías parecen anular la creatividad de muchas de las generaciones que vendrán. Con esto no estoy diciendo que, actualmente, no existan escritoras o escritores buenos, de hecho son muchos los que ahora mismo están triunfando con trabajos que merecen todos los premios y reconocimientos habidos y por haber. Sin embargo, no me podréis negar que el móvil distrae, la tablet absorbe parte de nuestro tiempo libre y las redes sociales la posibilidad de salir fuera y explorar lo que hay a nuestro al rededor. Parece que es muy difícil despegar los ojos de la pantalla, y cuando lo hacemos, no podemos estar más de dos segundos sin volver a ella. Por eso, entre otras cosas, las reediciones o recuperación de autores olvidados en los recovecos de la historia, parecen compensar todo espacio que esas futuras generaciones de escritores en potencia no aprovechan. Y digo autoras y autores olvidados, pero también escritores que en su momento no fueron traducidos y publicados ene este país a pesar del éxito que habían cosechado en el pasado. Y de vez en cuando, cuando una se adentra en estos textos, descubre verdaderos talentos, como el de la autora que hoy tengo el placer de presentaros. Una autora que, más allá de su interesante como trágica biografía, atesora una producción literaria que merece al menos una reseña en condiciones, una crítica a la altura de una de sus novelas más interesantes. Río revuelto: la caída de los McClellan y de la clase media californiana.


La historia de como Río revuelto llegó a mis manos es bien sencilla. Cédeme que lo es. Pero para seros sincera, tengo que comenzar mi narración en otro punto, es decir, en el momento en el que cometí la gran injusticia. Y como no podía ser de otra forma, ese acontecimiento se produjo durante una de mis habituales tardes de visita a alguna de las librerías de mi ciudad. Fue en una de ellas, creo incluso recordar en cual, donde por primera vez vi un libro escrito por Joan Didon. Se titulaba El año del pensamiento mágico y la verdad es que en su momento no le presté la atención que merecía. La edición era bastante vieja, con las páginas teñidas de amarillo en prácticamente su totalidad y la portada no podía ser menos atrayente. Recuerdo que pasé por delante, lo observé y pasé de largo. Todo eso sin pensar que en la librería lo habían colocado a la vista de todo el mundo, destacándolo por delante de filas y filas de libros, por algún motivo especial. Tal vez pensé que era un libro que tenían recogiendo polvo en el almacén y que aquella era una buena forma de deshacerse de él, pero, ¿y si estaba colocado de esa forma por otro motivo? ¿Y si en realidad era un buen libro, y que por tanto, merecía dicho reconocimiento? Pasaron los días, meses, años y no volví a escuchar el nombre de Joan Didon hasta que una mañana una de mis editoriales predilectas, Gatopardo ediciones, anunciaba a bombo y platillo que iban a editar Río revuelto, escrita, como no, por Joan Didon. De la noche a la mañana el nombre de Joan Didon había colapsado el panorama literario a pesar de que muchos, entre los que se encuentra una servidora, no teníamos ni idea ni habíamos oído hablar de esta escritora antes. Mi cara reflejaba incredulidad a medida que iba leyendo los comentarios de la gente en redes sociales respecto a esta noticia, pues, parecía ser que el que una editorial publicase un libro de Joan Didon era motivo de celebración. No contenta con eso, corrí a la Wikipedia, introduje el nombre de la autora en el buscador y comprobé que todos aquellos lectores tenían razón. No solo estaba ante una autora bastante singular, sino que me di cuenta de que El año del pensamiento mágico había resultado finalista del Pulitzer de Literatura, algo que me hizo morirme de la vergüenza. ¿Cómo es posible que lo pasara por alto? ¿Qué ni me fijase en él? "¡Que metedura de pata más grande!" pensé. Pero como para todo en esta vida hay solución, decidí subirme al carro del entusiasmo y probar suerte. Si había alcanzado tal reconocimiento con dicho libro, era posible que Río revuelto se convirtiera también en una gran lectura. Dispuesta a enmendar la tremenda justicia, y en cuanto el tiempo me dio un pequeño respiro, decidí hacerme con un ejemplar de Río revuelto. ¿El resultado de esta lectura? En el siguiente párrafo.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Río revuelto presenta una de esas lecturas cuya particularidad puede enamorar o desagradar. Todo ello dependiendo del lector que se enfrente a ella. La novela de Didon discurre, casualmente como un río, despacio, con mucha calma, a pesar de ese potente inicio. Un río que de vez en cuando atraviesa pequeñas cascadas, corrientes más rápidas y sortea obstáculos que dificultan, aunque no impiden que éste siga su camino hasta desembocar en un torrente final, parecido al que encontramos en el nacimiento de esta novela, que va a parar a una calma tensa, similar a la que podemos encontrar en cualquier océano. En resumen, que si te gustan las historias con un ritmo lento, con pequeños sobresaltos en mitad de la trama y con un inicio y un final potentísimos, puede que ésta no sea tu novela. En mi caso, he de confesar que me ha gustado, aunque si que tengo que decir que he apreciado una ligera desigualdad en cuanto a las partes, siendo la segunda parte más interesante y fluida que la primera. Eso si, ese primer contacto que el lector experimenta con este libro está a la altura de las novelas cortas de Natalia Ginzbug, difíciles de olvidar y en las que un disparo, ya sea metafórico o literal, activa rápidamente la trama. Además del peculiar estilo, semejante al curso de cualquier río, este libro recibe dicho título también por cuestiones relacionadas con la historia que nos narra. Con un salto temporal bastante notable, viajamos de 1959 a 1938 para conocer la historia de una pareja, la formada por Lily y Everett, y con ellos, la historia del pueblo californiano en la primera mitad del siglo XX. Una sociedad que asiste, no sin reservas y con bastante asombro, a los cambios que se avecinaban y que iban a transformar de arriba abajo al estado. De inmensos ranchos a casas con jardín. De grandes extensiones de tierra a carreteras que parecen no tener fin. De una tierra de pioneros a tierra de inmigrantes en busca del sueño americano. De la agricultura al germen de un nuevo capitalismo cultural que pronto traspasará fronteras. En medio de esa época de transformación, en la que incluso las clases más acomodadas hacían lo posible por subirse al carro del cambio, se encuentra esta pareja, cuya convivencia marital (infidelidades, tragedias familiares, violencia..) transcurre al compas de los acontecimientos. En Río revuelto Didon demuestra ser una maestra de la construcción de personajes, sobre todo en el terreno de lo psicológico. Por un lado tenemos a Lily, una mujer emocionalmente frágil, de apariencia delicada, cuyo don de gentes no es especialmente bueno y que en el fondo se esconde una personalidad ligeramente temperamental reprimida por las apariencias. Y por otro nos topamos con Everett, callado, educado, paciente y resignado, una resignación que parece comerle por dentro. Ambos pertenecen a la clase alta californiana, una élite en la que encontramos a unos personajes secundarios igual de interesantes, como los de Martha, hermana de Everett y Ryder Channing, amante de ésta. Dichos personajes pululan al rededor de los protagonistas constantemente, y de su subtrama precisamente parten algunos de los grandes temas de reflexión de la novela, tales como la situación de inferioridad de la mujer en aquella época, el tabú del suicidio o la idea del amor romántico. Por último, destacar que Joan Didon no suele acabar las frases de sus personajes. Es decir, que éstas quedan en suspenso, como si los protagonistas fueran asaltados por un pensamiento pero son incapaces de comunicarlo, al menos en ese preciso instante. Esto no solo demuestra personalidad como escritora, también un recurso, de los muchos que existen, para dejar al lector con la miel en los labios, aunque éste ya sepa lo que el personaje quería decir, porque, lo mejor de todo es eso, que lo sabemos, por lo que la sensación de incredulidad e impotencia se acrecienta.


Como ya hemos comentado en el anterior párrafo, Río revuelto constituye no sólo el relato personal de una pareja con una relación azarosa, sino que también se introduce a los lectores en un contexto propicio, en consonancia con la trama principal. Mientras ese matrimonio parece desmoronarse con el paso del tiempo por culpa de la dejadez y la falta de confianza, a su alrededor, los legendarios ranchos de california se estropean, se caen a pedazos o son puestos en venta, porque la sociedad prefiere mudarse a los nuevos apartamentos que seguir manteniendo algo que lleva muerto mucho tiempo. Si lo miramos así, podríamos estar ante el enésimo y magistral uso de la metáfora. Pero más allá de todo ello, de lo que me gustaría hablaros es de una similitud que como lectora he encontrado entre Joan Didon, y su Río revuelto especialmente, y la literatura de F. Scott Fitzgerald. Como todos ya sabréis, F. Scott Fitzgerald fue uno de los escritores norteamericanos más importantes de la primera mitad del siglo XX, cuya producción literaria fue publicada prácticamente en su totalidad durante los años previos al Crack del 29 y que se caracteriza por haber sabido retratar a la clase alta de la sociedad estadounidense prácticamente al milímetro. Con sus dudas, problemas, frivolidades, derroches, miserias, contradicciones, intelectuales conversaciones, fiestas hasta el amanecer...Fitzgerald consiguió, con un sobresaliente y elegante estilo, describir todo ello y plantear al lector la duda de si aquel sueño iba a durar eternamente. Años mas tarde, con el estallido de la crisis, todo ese glamour desapareció, y con él, toda esa actitud ante la vida. No digo que la clase alta desapareciese de un plumazo, pero si es cierto que muchos de ellos se vieron engullidos por las consecuencias de dicho modo de vida, unos porque se han visto como su excesivo tren de vida se detiene en la estación menos próspera y otros porque directamente todos esos excesos pasan factura a la salud (que fue el caso del propio FitzGerald). El escritor norteamericano dio en el clavo al hablar de estos temas y al presentarlos con un estilo que oscila entre la rimbombante pompa y la reflexión más inquietante, algo que, desde otra mirada, Joan Didon parece hacer en Río revuelto décadas después. El contexto no es el mismo, como tampoco los paisajes, la mirada, el narrador, los personajes o las preocupaciones de éstos. Pero, y en esto Didon se asemeja a Fitzgerald, el sentimiento de pérdida y de renovación es una constante a lo largo de la novela. Si en los años 20 Fitzgrerald lanzaba la pregunta de ¿cómo sería el mundo si de pronto desapareciese todo ese nivel de vida? Didon parece responderle con una palabra clave: cambio. Seis letras, tres vocales, múltiples aplicaciones. El cambio es lo que une en el tiempo a ambos autores, al primero por interrogar y a la segunda por recoger el guante y plasmar su visión en forma de novela dramática. Dicen que los cambios son necesarios y que en la mayoría de los casos conducen a algo mejor. Sin embargo, no había encontrado todavía a otra escritora o escritor que describiese la angustia ante esa perspectiva tan crucial que estuviese a la altura del autor del Gran Gatsby. No obstante, y casi por sorpresa, puedo asegurar, con todo lo que he comentado antes, que Joan Didon parece ser la digna, y más sobria, sucesora de Fitzgerald. Río revuelto: una historia de pasión, infidelidad, riqueza, abandono, renovación, secretos, personalidades ocultas...La excusa para descubrir a una autora realmente fascinante.

Frases o párrafos favoritos:

"Él contempló el río. ¿Qué quieres pues? Habría querido marcharse de allí con ella, para empezar. La idea de marcharse llevaba meses filtrándose en el entramado de su vida."

Película/Canción: como no existen noticias de una posible adaptación cinematográfica, he decidido adjuntar una de las canciones más famosas de la historia del cine la cual, misteriosamente, rondaba mi cabeza cuando por las noches me adentraba en su lectura. Tal vez no tenga nada que ver, pero su delicadeza inspira y hace volar la imaginación de quien escribe o de quien lee una buena novela.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

miércoles, 2 de mayo de 2018

RESEÑA: Historias de Cine.

HISTORIAS DE CINE

Título: Historias de Cine. Relatos que inspiraron grandes películas.

Autoras/es: Ryunosuke Akutagwa (1892-1927), Guy de Mupassant (1850-1893), Ueda Akinari (1734-1809), Stefan Zweig (1881-1942), Damon Runyon (1880-1946), Agatha Christie (1890-1976), Dorothy M. Johnson (1905-1984), Daphne du Maurier (1907-1989), Isak Dinesen (1885-1962), Fiodor Dostoievski (1821-1881) y James Joyce (1882-1941).

Editorial: Siruela.

Idioma: inglés, francés, japonés, ruso y alemán

Traductoras/es: Mauro Armiño, Iván Díaz Sancho, José Fernández, Bela Martinova, José Menéndez Manjón, Juan Antonio Molina Foix y Kazuya Sakai.

Sinopsis: el distinto poder evocador de las palabras y de las imágenes es lo que diferencia principalmente los discursos compositivos de la literatura y del cine. Aunque , por su naturaleza concreta, el séptimo arte es incapaz de servirse de la capacidad sugestiva de la escritura, la verdadera ficción cinematográfica siempre encuentra la manera de metamorfosearse y, mediante un lenguaje propio, erigirse como una creación totalmente nueva y autónoma, sin por ello renunciar al espíritu de la narración original. Esta exquisita antología recoge once relatos - precedidos por una breve introducción sobre su adaptación fílmica - de algunos de los escritores más destacados de la literatura universal, que además de poseer en sí mismos una calidad ejemplar, dieron lugar a indiscutibles obras maestras de la gran pantalla.

Su lectura me ha parecido: interesante, variada, un estímulo, completa, ambiciosa, inspiradora, curiosa, todo un tesoro...Queridas lectoras y queridos lectores, no hace mucho tiempo, creo recordar que durante el mes de febrero, os confesé que había logrado redactar la reseña más difícil hasta la fecha. Su lectura logró entusiasmarme hasta límites insospechados, pero en cuanto fui consciente que aquel libro tenía que pasar si o si por el filtro de la crítica, no pude evitar echarme las manos a la cabeza. Respiré hondo, muy hondo, tratando de mentalizarme y de hacerme a la idea de que tarde o temprano tenía que ponerme manos a la obra con su respectiva reseña. Costó, y mucho, de hecho en ocasiones llegué a pensar que no lo conseguiría. Pero el duro trabajo, como todo en esta vida, dio sus frutos, el más importante, el haber sido capaz de finalizar su redacción en tiempo récord. Después vinieron las alegrías indirectas y como consecuencia de aquel logro en forma de felicitaciones y comentarios de lo más cariñosos. ¿Su título? La nueva mujer: relatos de escritoras estadounidenses del siglo XIX. ¿Sus autoras? Un conglomerado de excelentes escritoras cuyos relatos habían conseguido hacerme reflexionar. ¿La editorial? La interesante, reivindicativa y de momento siempre acertada Dos Bigotes. ¿La edición? de Elena Fortún, quien además se encargó de su correspondiente traducción. Ese fue el libro que tantas alegrías me dio tras unas largas tardes de escritura, investigación y de romperme la cabeza. Hoy, unos meses más tarde, me encuentro ante un monstruo tan bello como terrible, en otras palabras, ante una reseña de esas mismas características. Difícil, abrumadora y de compleja redacción. Nadie dijo que esta profesión fuese fácil, y menos si entre tus manos sostienes un libro como el que hoy tengo el inmenso placer de reseñar. Sin embargo, el darlo a conocer compensa cualquier mal día y más si éste trata otra de mis grandes pasiones, esa que, al igual que la literatura, nos hace soñar, transportarnos a lugares imaginados, sufrir con el protagonista y reflexionar una vez finaliza, una vez la pantalla regresa al negro. Historias de cine: once relatos literarios, once adaptaciones cinematográficas que hicieron historia.


La historia de como este volumen de relatos llegó a mis manos tiene su por qué. A nadie que haya leído las últimas 243 reseñas literarias que he publicado en Jimena de la Almena le extrañará lo que estoy a punto de decir. Amo el cine. Es un hecho probado, contrastado y demostrado. Desde las primeras cintas de Disney que protagonizaron mi infancia (según mis padres no quería ver otra cosa que no fuese La Cenicienta) hasta lo último que haya podido ver esta semana (que en este caso fue la extraña pero interesante Suburbicon, de George Clonney) casi todos los géneros me gustan. Mi pasión por el cine llega hasta el punto de que, y todo gracias a Cinemanía y Fotogramas, sabía y sigo sabiendo algunos detalles de la historia del cine, ya sea español, americano, europeo...Dejando a un lado los típicos cotilleos tan predominantes en estas revistas, pues aunque son dos buenas lecturas éstas no consiguen escapar de ciertos chismes, lo cierto es que gracias a ellas conocí un poco mejor el trabajo que hay detrás de una película, los diferentes modos de abordar una crítica cinematográfica, los métodos interpretativos de las estrellas más importantes del cine mundial, las vidas de muchos directores que me siguen fascinando, el descubrimiento de algunas cineastas cuya trayectoria ha quedado enterrada por el machismo, no pocas técnicas de rodaje, el lado oscuro de la industria, la estética, los escenarios...Un aprendizaje autodidacta que me enriquecía intelectualmente y que me sirvió para contestar de forma acertada a alguna pregunta del Trivial Pursuit. Sin embargo, de todos aquellos aspectos, hubo siempre uno que me fascinó por encima de los demás: el guion. Supongo que el que haya pasado mucho tiempo encerrada en mi mundo, escribiendo e inventando historias contribuyó a que sintiese cierta atracción y curiosidad por la palabra cinematográfica, por esos párrafos, por esas frases memorables que los personajes recitan ante el espectador. "¡Pongo a dios por testigo que jamás pasaré hambre!", "Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia", "Siempre nos quedará París" o el épico "Yo soy tu padre" que constituye la mejor y más simple anagnórisis jamás escrita en la historia del cine tuvieron que salir de alguna mente privilegiada. Fue por este motivo, y otros que aquí no detallaré, el que me llevó a plantearme durante unos meses la posibilidad de ampliar mis estudios por esa vía, algo que finalmente se hizo realidad mediante un curso de Guion Cinematográfico en el que todavía me hallo inmersa. Y no, no es fácil, os lo aseguro. No tenía ni idea de lo mucho que hay que trabajar antes de escribir los diálogos escena por escena. Caracterización, escaleta, tratamiento, división del conocimiento, giros, tramas maestras, secuencias, contra plano...¡Una autentica locura! Afortunadamente, y gracias al estudio de la materia en la tranquilidad del hogar, todas esas palabras me resultan cada vez más familiares. Es durante esos meses de meditación antes de iniciarme en los secretos del guion cinematográfico cuando Historias de Cine, bellamente editado por Siruela, se presentó ante mis ojos como una revelación. Para seros sincera, no me apetecía por aquel entonces adentrarme en una lectura de esas características, en la que once relatos completamente diferentes desfilarían ante mis ojos, pero tenía la certeza de que en adelante iba a ir directamente a la estantería, lo cogería y lo devoraría en cuestión de semanas. Y así fue, tras hacerme con un ejemplar, dejé que éste reposase en la librería durante unos meses, hasta que, de pronto, un día me abalancé sobre él. Hoy, a pocos días de finalizar mi iniciación en el mundo del guion, estoy preparada para afrontar esta reseña con el conocimiento necesario de la materia, que no es otra que la magia y las trampas del cine.


Antes de adentrarnos en el apartado crítico de toda reseña he de comentar algo importante. Al tratarse de un libro compuesto por once relatos, cada uno de una autora/or diferente, escritos en épocas diferentes y adaptados cinematográficamente en diferentes contextos históricos intentaré ser lo más breve y profesional posible. En otras palabras, yendo al grano pero sin desatender algunas cuestiones que aparecen en los relatos que personalmente considero importantes. Una vez dicho esto, empecemos. En general, Historias e Cine se podría definir de dos formas: como un atrevimiento editorial o como una antología de coleccionista. Atrevimiento porque no todas las editoriales estarían dispuestas a publicar un libro de relatos de estas características pues, aunque el cine sigue moviendo a las masas y despertando el interés, lo cierto es que a la hora de la verdad desgraciadamente se tiende a no leer estas historias adaptadas porque el lector ya las ha visto en la gran o pequeña pantalla y considera que supondría una perdida de tiempo. Error. Por mucho que conozcas la película, la historia, el libro o relato que la ha inspirado puede deparar muchas sorpresas. Y antología de coleccionista porque, para los amantes del cine, el poseer un libro de estas características puede resultar fundamental para entender no solo el estilo de cada directora/or, también las piruetas y trampas que los guionistas utilizan a la hora de escribir un guion, en este caso adaptado. Hablando en términos más generales, diremos que Historias de Cine es un libro imprescindible pero en el que existe un desequilibrio. No todos los relatos son maravillosos, hay unos mejores que otros y en este caso, al tratarse de autores muy diferentes, la temática es totalmente dispar. Sin embargo, nos topamos ante una colección perfectamente ordenada, en base al año en el que se estrenaron las películas que adaptaron dichos cuentos, con una explicación al principio de cada nuevo relato con datos del contexto, los autores y directores de la cinta, y ante un prólogo realmente interesante escrito por J. A Foix. En él, Foix defiende el por qué de estos relatos y el mensaje que se quiere lanzar desde esta edición, que no es otro que el considerar al cine como un ente independiente a la literatura, aunque irremediablemente éstos estén unidos por las palabras. Un relato es un relato, y el cine es un arte diferente, y por tanto, cogerá entre sus manos dicho escrito y lo adaptará al estilo del guionista que lo adapta, que en muchos casos es el propio director, dándole su personalidad, su visión y opinión sobre la historia. Por eso no existe ninguna adaptación 100% fiel al libro, siempre habrá algo que lo diferencie más allá del recorte de capítulos. En lo que respecta a los relatos que aparecen en Historias de Cine he de confesar que no todos me han gustado, el de Tolstoi, que inspiro la película Una femme douce de Robert Bresson, se me ha hecho tremendamente pesado, a pesar de que la historia prometía. Al igual que Los muertos de Joyce, adaptada bajo el título Dublineses por John Huston. En cambio me ha deslumbrado el relato de Stefan Zweig, Miedo, con el que consigue que el lector experimente una sensación de desasosiego muy real. De hecho, tras leerlo, me queda la duda de saber como el director italiano Roberto Rosselini lo habrá adaptado siendo su filmografía tan particular y personalísima. También me ha entrado curiosidad de como Billy Wilder, el aclamado director de Con faldas y a lo loco y El apartamento (ésta última considerada como una de las películas más perfectas a nivel de guion y que se enseña en toda escuela de cine), se habrá enfrentado cinematográficamente a Agatha Christie, la gran dama del suspense británico. Pero si tengo que destacar algún relato serían en este caso tres: El hombre que mató a Liberty Valance, Los pájaros y Rashomon. El primero porque el relato constituye una mezcla perfecta entre el western más puro y el cine negro, y porque, en cuanto a autoría, fue toda una sorpresa. Recuerdo que cuando me pusieron esta película en clase, la cual me gustó bastante dentro de mi malograda opinión sobre el western, pensé que el guion lo había escrito un hombre. La sorpresa fue que, cuando inicié la lectura del relato, no solo descubrí que era una adaptación literaria, también que El hombre que mató a Liberty Valance lo había escrito una mujer, en concreto llamada Dorothy M. Johnson. Los prejuicios nos llevan a compensar que es imposible que una mujer pueda escribir una obra maestra del western, pero mira, esta edición ha conseguido replantearme el género y querer conocer mejor a esta autora norteamericana. El segundo relato, Los pájaros, es tal vez el más famoso e icónico de todos. Muchos somos los que hemos visto la película, y los que no tienen en su cabeza alguna escena de la película. Los pájaros, de Daphne du Maurier es tal vez el relato más próximo a la adaptación fiel, dirigida por un director, el legendario Alfred Hitchcock, que por el suspense de sus películas parecía destinado a adaptarla. Y aunque los críticos señalan que no es una de sus mejores películas, si que es cierto que logró plasmar el desasosiego, la angustia y el miedo del relato de Du Mauier sobre la pantalla y en el rostro de Tipi Hedren. Convirtiéndose, con el paso de los años, en una autentica obra de arte cinematográfica. Y por último, el tercer relato titulado Rashomon, y su continuación En la espesura del bosque, constituyen uno de los mayores hallazgos literarios. Los relatos, escritos por el japonés Ryunosuke Akutagwa, no son de los más brillantes a nivel de estilo, pero construyen la base perfecta para que, en la década de los 50, Akira Kurosawa encontrase la inspiración para rodar Rashomon, una de las películas más importantes del cine japonés y la primera que traspasó fronteras, llegando hasta el mismísimo Hollywood.  De hecho, creo que es la adaptación que más ganas tengo de ver tras leer este libro porque creo que Kurosawa engrandece los relatos y acentúa ese tremendo misterio que envuelve a la trama. Por último, antes de pasar a la reflexión final, me gustaría criticar el hecho de que en Historias de Cine aparezcan solo cuatro relatos escritos por mujeres frente a siete escritos por hombres. J. A. Molina Foix se excusa lamentando no haber podido incluir todas las historias que le hubiera gustado, pero creo que el haber añadido en esta antología tres relatos más con nombre de mujer no costaba nada. En estos temas no hay excusas que valgan.


Las historias surgen de lo más inverosímil. De un gesto, de una conversación, de una noticia que vemos por televisión, de una posición política, de una actitud concreta, de un sueño, de una pesadilla que nos ha asaltado en mitad de la noche, de nuestra percepción del mundo, de un cuadro colgado en la pared, de una fotografía olvidada en un cajón, de un llanto, de una palabra, de un gemido, de lo que amamos, de lo que detestamos, de una historia que leímos hace mucho tiempo, de una persona que nos inspira, de nuestros propios temores, de un animal, de un suceso traumático, de la soledad, de la certeza de que las cosas se pueden apreciar desde otro ángulo...Nada ni nadie está a salvo de protagonizar, en la mayoría de los casos inconscientemente, una historia. Pero si en la literatura, éstas historias se plasman en forma de palabras y en formatos en los que el lector tiene que hacer uso de su imaginación para componer en su cabeza la atmosfera y los personajes de la trama, en el cine es completamente diferente. En el conocido como séptimo arte, las historias cobran vida gracias a las acciones. Las y los guionistas escriben en base a lo que los personajes hacen o dejan de hacer. Da igual si éstos caminan, corren, tropiezan, lloran, ríen, tocan el piano, fuman, se baten en duelo, desmayan, mueren, matan, besan, pegan...Toda acción tiene su importancia, y con ellas los símbolos, Sin ambas características, el cine no sería cine. ¿Cómo sería el Padrino I si Don Vito Corleone no falleciese en un campo de naranjos ante la inocente mirada de su nieto? ¿Sería igual Psicosis sin la famosa escena de la ducha, o más importante aún, sin la maravillosa e inquietante escena de Janet Leigh conduciendo al principio del film? ¿Titanic seguiría siendo Titanic sin la escena del beso de los dos protagonistas encaramados en uno de los extremos del barco? ¿Tarantino hubiese sido recordado si hubiese decidido suprimir el baile entre Uma Thurman y John Travolta en Pulp Ficction? ¿Cuántos niños traumatizados se habría ahorrado Disney si la madre de Bambi no hubiese murerto al principio del film? ¿El mensaje feminista de Thelma y Louise habría desaparecido si Ridley Scott hubiese rodado un final alternativo? ¿Qué habría ocurrido si el cubo de sangre no hubiese caído sobre Carrie? ¿Cómo se las hubiese apañado Stanley Kubric sin la terrible mueca de locura de Jack Nicholson en El Resplandor? ¿Qué sería El silencio de los corderos sin las conversaciones entre Aníbal Lecter y Clarice? ¿Y Star Wars sin Darth Vader? El espectador, cuando se hace esas preguntas, comprende mejor el poder de las acciones en las películas, pues son ellas las que mueven todo: diálogos, escenarios, emociones, interpretaciones...Por eso, aunque la literatura y el cine son dos artes bien diferenciadas entre si, surgen ciertos puntos de contacto en los que pueden ambas disciplinas darse la mano. No es casualidad que muchos escritores hayan sido reclutados por directoras o directores para escribir guiones cinematográficos, como no lo es tampoco a la inversa, que los propios guionistas acaben sucumbiendo de vez en cuando ante el género novelístico, el ensayístico o el poético. Lo que está claro es que la literatura ha sustentado y sigue sustentando a la industria cinematográfica, no tenemos que olvidar que el 80% de los guiones son adaptaciones, y que el cine, ese maravilloso torrente de emociones, incorpora nuevas técnicas literarias y ofrece un punto de vista personal de la novela que todos creemos conocer. Historias de Cine: once relatos diferentes, potentes, intensos, cinematográficos, desiguales en calidad, interesantes...Once historias que el cine convirtió en iconos inmortales.

Frases o párrafos favoritos:

"Los pájaros habían estado más inquietos que nunca desde el final del año, la agitación era más apreciable porque los días eran apacibles. Mientras el tractor seguía su camino subiendo y bajando las colinas del oeste, la silueta del granjero perfilada en el asiento, el vehículo y el hombre encima se pedían de vista momentáneamente ocultos por una gran nube de pájaros que revoloteaban y chillaban. Eran muchos más de lo habitual; Nat estaba seguro de eso. En otoño siempre seguían al arado, pero en bandadas tan grandes como esas, no con tal clamor."

Película/Canción: es obvio, todos los relatos que aparecen en este libro han sido adaptados más pronto que tarde al cine. Sin embargo, y en lugar de adjuntar los once trialers de las once películas, he optado por, ya que hemos hablado de películas clásicas, finalizar con otro clásico, con la música del compositor de bandas sonoras Bernard Herman. Unas piezas entre las que, sorpresa, se encuentra la de la inquietante Psicosis.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

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